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martes, 30 de octubre de 2018

Romance De La Cenicienta Abandonada (¿dónde está el hada madrina?)

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Camina furtiva por la ciudad,
aún anochecida,
con visos de comenzar a clarear.

Húmedas las calles,
la brisa marina
le ciñe 
a su cuerpo
el viejo chal,
como si a un bebé
tratara de proteger
entre sus pechos.

Una frívola y macilenta farola
de sucia luz vestida,
no cesa de guiñarle su ojo de cíclope;
pareciera que la invitara
a la última copa
del día.
de su vida.
Ella, azarosa,
aligera el paso
no sin algún que otro traspiés
torciendo sus tobillos,
a causa de los mojados 
y resbaladizos adoquines
y sus altos tacones.

Regresa del trabajo.

A cuestas lleva
su propio cuerpo cansado,
harto de soportar
unos huesos cansados,
una carne cansada.

Cansada lleva la carita
de tanta sonrisa falsa.

Cada noche, al llegar a casa,
cansada,
se desnuda,
lentamente
frente al espejo.

Ya no son buenos tiempos,
sobre todo porque
sus viejas carnes la delatan.
Y entre dientes masculla
la gloria,
de cuando era la ramera
que más hombres
se llevaba de calle,
y de la calle al catre.

Su fama la precedía.

Hoy,
sus canas le abrasan
hasta las entrañas.

Está pesada la noche,
no termina de refrescar.

¡Maldito verano!
El viento de levante
pareciera que se empeñara
en empapar las sábanas,
con el salitre de la mar.

El sol poco a poco,
va desplegando
sus velas de fuego.

La ventana, abierta de par en par.

Ni un triste ventilador
que remuela 
aquel agobiante aire.

Un ajado y descolorido antifaz
tapa sus ojos
en un intento
por hacerla descansar,
en un intento
por apartarla
de esa odiosa luz solar;
en un intento
de hacerla olvidar
la realidad,
olvidar todos y cada uno
de los días
por los que su cuerpo ha pasado
y aún, si no hay misericordia,
le quedan por pasar.

Hay noches,
en las que piensa
en su zapatito de cristal,
en su Príncipe Azul.
Y se acuna en sus sueños,
y sueña,
dónde estará 
su calabaza convertida en carroza,
su maldita buena suerte.

Ella
se acuna y pregunta,
a cada una de sus lágrimas,
que en qué recodo del camino
se perdió su hada madrina.

Todas,
y cada una de las noches
de regreso del trabajo,
bajo su almohada,
acaricia 
aquel zapatito
de plástico transparente
que un día,
entre escombros,
de pequeña se encontró.

Aún espera.

Mientras tanto,
entre el fuego y la escarcha,
su corazón descansa,
cansado de vivir.

…..ooOoo…..

4 comentarios:

  1. Que triste relato...pero hay tantas cenicientas sin hadas madrinas...muaaa.

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  2. ¡Qué bonito y qué triste! Tan cierto que duele al pensar en las hadas madrinas que no tuvieron tiempo de ayudar a sus cenicientas. Hoy la vida va tan de prisa... Besos amigo mío.

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  3. Siempre somos las personas que, pudiendo convertirnos en "hadas madrinas", miramos para otro lado, sólo importándonos nuestra vida.
    Besicos, Yashirita... y abrazo;)

    ResponderEliminar

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