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miércoles, 16 de abril de 2008

Amigo Mío!

Ay!, amigo mío:

Tu correo de ayer me hace recordad tanto! Y esas mismas cosas son las que quiero hacerte recordar a ti en estos momentos. 

Recuerdas? Llegó. Tenía que llegar. Aunque nadie la esperara y menos tú. Llegó sin anunciarse o por lo menos nadie pensó, y menos tú, que aquellas sombras tendrían como caldo de cultivo tu propia vida. Porque, avisar, lo que se dice avisar, avisa, pero no te percataste de sus señales o no quisiste percatare o no le diste importancia.

Chulito eras un rato, eh? Decías: “A mí?...Esas cosas?... Con el carácter que yo tengo, vamos, anda ya!”… Bueno, es solo la realidad de quien desconoce sus efectos. Ahora, a tiempo pasado, recuerdo que me comentabas la llamada de aquella ventana... La oías hasta pronunciar tu propio nombre y salías del despacho a pasearte por la acera arriba y abajo... y aquella opresión en el pecho y esa sensación por brazos y piernas que también me contabas… Sí, amigo, sí, pero no nos lo creemos. Son... No, tonterías, no, pero, qué se suele decir en esos casos?: “Yo lo solucionaba de un plumazo”. “Tengo tanto que hacer, que no tengo tiempo para pensar en esas cosas” “Cuento, tú lo que tienes, es cuento”... Eso es lo que solemos decir. Y “ella”, viene ya vestida de furtiva, con el vestido de camuflaje que le hemos puesto nosotros mismos, y se te engancha a todo tu ser como una sanguijuela, que te va chupando la propia vida. Y entonces llega un día y dices: “No puedo levantarme...” Y no es que no puedas por algún impedimento físico pues, las piernas las tienes bien y la complexión física bien... todo tu esqueleto y tu musculatura está en perfecto estado de tono muscular... Pero no puedes. Y la cuestión no fue solo esa, que si viniera solo ella, sin compañía… pero viene con la otra, con la que no te dejaba respirar, la que te cerraba las mandíbulas hasta dolerte las muelas y dientes de tanto apretar. Que yo te decía cuando te visitaba, recuerdas: “Te noto, como apretao” Pues sí, venía la otra, la que te hormiguea las piernas y los brazos, acompañado de una molesta sensación de ingravidez muscular que me decías que te repelía. Y el aire se te volvía denso e irrespirable... Tres meses de pastillas es el tiempo que estuviste sin ir a trabajar. Y yo, jodido haciendo tu trabajo y el mío... Bueno, jodido por la cantidad de trabajo, pero preocupado por ti. 

Recuerdo que me decías que las mañanas se te hacían pesadas, tristes... “Y si el techo se cayera sobre mi cabeza?” , me comentaste un día... Me asustaste entonces, creeme. “Da igual” terminaste diciendo. 

La melancolía se aposentó en tu vida... Vivías porque... bueno, porque por lo menos, respirabas y te alimentabas. Tu sensibilidad era tan extrema, que tus sentimientos navegaban de tal forma por tus venas, que bien se diría que se veían a través de la piel. Por no apetecerte, ni leías, que ya te lo decía yo que leyeras algo para distraerte... 

Las visitas al especialista se sucedieron con un periodo aceptable para controlar tu situación... Parecía que, poco a poco, se la iba controlando. De los tres meses que duró, pasado el mes y poco, la mutua correspondiente, necesitó controlar ella misma la situación, y como resultado de la primera visita al especialista impuesto, el diagnóstico fue: 

--Bueno, ya sabe usted, que tiene un carácter depresivo, y tiene que aprender a vivir con él. 

Por lo menos eso es lo que me contaste que te dijeron, y que al salir de la consulta dijiste: “ Y una mierda!”... Después, al cabo del tiempo, cuando me lo contaste, te reías porque una señora pasaba por tu lado y te miró asustada; aunque, cuando llegaste a tu casa, reconociste que el diagnóstico no iba mal encaminado. Si es que, hijo... eras un auténtico llorón... ¡Es que lloriqueabas por todo!... Recuerdo que al principio, uno de los días en los que te visitaba estaban poniendo un programa de no sé qué, de niñas chinas en orfelinatos y se te saltaron las lágrimas... “¡Acho, tio!”, -te dije- ya sé que eres algo emotivo, pero...” En ese momento, yo quería ayudarte, pero comprendí que la mejor ayuda era darme un punto en la boca... Tú te secaste aquel par de media docena de lagrimones, te sonaste los mocos y me comentaste como la cosa más natural del mundo, que, estabas hecho un llorica sentimentaloide, que todo te afectaba más de lo normal... Después empezaron a hacerte efecto las pastillas...   Bueno, a lo que vamos... Y llega un día que te planteas la situación, y me llamas al trabajo para decirme: 

--Prefiero ser un llorón sin pastillas a ser un pastillero políticamente correcto

--Olé tus “güevos -te dije.

Luego continuaste diciéndome que habías llegado a esa conclusión, después de haber comprobado el efecto que te producían las pastillas, de que, aparte de cortarte el grifo lacrimal y "otros grifos", te “enmascaraban” tu propia personalidad. “Soy así y no hay más que esto”, terminaste diciendo. Parecías enfadado y me colgaste el teléfono. Después, en otras charlas, me comentabas que empezaste a comprender muchas cosas desde aquel día. Cosas que le pasaban a los demás y hasta entonces no comprendías. 

Y saliste del túnel. Viajaste hacia la luz. No viste seres blancos y bellos, no, sino que volviste al mundo de lo grotesco, a la piel, al hueso y a la carne que sufre siente y padece, para seguir viviendo. Y te digo que volviste, como si hubieras regresado al propio paraíso... Bueno, que es un decir, porque sigues siendo el mismo burro de antes, pero por lo menos, ahora llevas ronzal y te dejas poner una mantita al lomo. Y eso, por lo menos en ti, ya es un logro. 

Amigo mío, a tu historia no quiero darle un final feliz ni casarte con ninguna princesa celeste. Simplemente recordarte, que encendiste una gran luz sobre aquella oscuridad que se cernía sobre ti. ¿Se te gastaron las baterías? 

No, amigo mío, no quiero entrar en lo fácil de aconsejarte... Flaco favor te haría. Somos virgueros,  solucionamos la vida a los demás, sin apenas saber solucionarnos la propia. Recordarte, tan solo, aquella gran victoria. Recordarte que ya has salido de esta situación. No te puedo decir que vayas a salir de nuevo... eso te lo tienes que decir a ti mismo. A mí me enseñaste algo muy importante y eso debería de servir para ti también, en estos momentos. Siempre me tendrás a tu lado, como me tuviste hace años. Lo sabes bien. Bien lo sabes. Este fin de semana saldré para París y me quedaré unos días contigo... déjame que organice en estos tres días el trabajo, y marcho para allá. Un fuerte abrazo, Amigo Mío!

5 comentarios:

  1. No es tan depresivo si consigue dejar las pastillas y tener la férrea convicción de no tomarlas...

    Olé!

    Besos

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  2. Un amigo es el que esta ahi, no el que da consejos. Y si, como todo, una vez que eres consciente de lo que te ocurre, el problema lo es menos. Besos

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  3. No es tan fácil guille.
    Tu carta es bella....y el amor q das es increíble!
    Necesito un abrazo, me lo das????
    dale!!!
    besos
    Rox

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  4. Ya te decía yo Guille, que me reconocería en gran parte de ese relato... ¡¡y tanto!!

    Por el momento, ya sabes... yo soy de las políticamente correctas... claro, no tengo huevos.

    besiños,
    Aldabra...

    p.d.: a veces se me escapa tu nombre verdadero... ¡tengo que tener mucho cuidado que ya sabes como soy de despistada!... je je je

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  5. Enre...date por abrazada con todo mi cariño. Sí?
    En esta vida no todo es fácil ni difícil. Es, simple, y difícilmente, vivir procurando ser persona.
    Besos.

    Belen... pudiera ser. No sé, tendría que preguntárselo al colega.
    Besos.

    Sol..., estoy de acuerdo contigo. Un amigo no da consejos. Te coje de los pelos, aun a riesgo de equivocarse, y te arrastra si así lo considera. O no te arrastra... si así lo considera... en este caso, no lo arrastra.
    Besos.

    Eres como eres, que ya es suficiente. Ni "faltao", ni pasao.
    Vuelta y vuelta... jeje
    Guay!!!
    Bicos

    Bueno, tb. a las tres un abracito... pero el de Enre de antes, como que más apretaito.
    Besos.

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