
Hay años que, a veces,
simplemente los matamos.
Otras,
los asesinamos,
quedándoseles una
mirada,
tan triste,
como amante insatisfecha
cargadita de reproches.
En cambio, hay años
que los disfrutamos
como si de una tarta
de cumpleaños se
tratara.
Hay años
que nos vienen repletos
de cosas bonitas,
acariciándonos
dulcemente el corazón.
Que nos abrazan el alma.
Que los disfrutamos
como niños con zapatos
nuevos.
También hay años
que se nos pasan
sin pena ni gloria,
sin oropeles ni
fanfarrias,
sin toques de trompetas,
sin fuegos artificiales.
Como si nada.
Sin nada que contar.
Y otras veces los años,
se nos hacen,
tan largos...
En cambio, otros,
se nos pasan volando:
<<¡Oye, que estamos en
Verano
y hace unos días
estábamos en Navidad!>>.
¡Qué barbaridad!
Pero a veces,
de esas veces
que no queremos
que de "esa manera" nos
quieran,
los años nos vienen a
querer.
Nos vienen a comer.
Y nos comen las entrañas
y hasta la propia vida.
Nos agasajan con
achaques,
a partir de cierta edad.
Es propio de la edad,
propio de los años.
Y así, entre año y año,
los años van pasando.
Y en todos esos años,
los nuestros,
navega nuestra historia,
que no es más
que nuestra propia vida.
Eso sí,
cargada de años.
Y conforme pasan los
años,
mientras por un lado
la vida se nos amontona en la
mochila
cargada de vivencias,
experiencias y
recuerdos,
por el otro lado,
se nos va acortando,
frente a ese cristal
empañado
que nos impide divisar
lo que los próximos años
nos traerán:
El futuro incierto y
desconocido.
¿Y la Parca?
¡Ay!, sí, esa que ni saber de
ella queremos.
Sí,
esa que cada año que
pasa,
cada vez más se nos
acerca.
Esa, que cada año,
poco a poco,
cada vez más cariñosa,
se empeña en nosotros.
Y de nosotros,
cada vez más enamorada.
¡Y qué amor!
¡Un amor sin condiciones!
Es el único amor
que siempre acierta
cuando dice:
mataría por amor.
Y ¡joder!
cuando se empeña…
Es que se empeña.
Vamos, que no hay manera
de quitárselo de la
cabeza.
Y es que,
la muy puñetera,
sabe que no tenemos
escapatoria
ni remedio alguno.
Ella sabe que su amor es,
eterno.
Qué lejos estamos
de aquella juventud
en la que cada uno,
a sabiendas o no,
hemos jugado
alguna vez
con la muerte.
¿Es que nadie, jamás,
consciente o
inconsciente,
no ha jugado
alguna vez
con la muerte?
Qué ironía,
que llegado el momento,
sea ella
la que, alegre,
juegue con nosotros.
Y a todo esto,
¿por qué os hablo, de todo esto?
¿Tal vez,
porque han pasado ya,
tantos años,
que hoy toca
hablar de la muerte?
Será la edad
que no perdona
y nos acerca,
poco a poco,
a la salida.
…..ooOoo…..