rastro de suspiro en el aire
que va dejando
la hoja llevada por el viento.
Quisiera ser, a tu vida,
envolviendo tu piel de seda.
Tan sólo soy,
rosa que si la miras se deshoja,
pero renace
Porque, si no te tengo,
Si bien nunca se dejó ver, sí que notaba su presencia. Siempre me seguía, a todas partes donde yo fuera, ella me seguía. Sus mensajes de amor llegaron a agobiarme.
De
ser primeramente una tímida y perfecta desconocida, poco a poco pasó a hacerse
totalmente presente en mi vida. Primero, pequeños mensajes de amor, como: “Mis
sueños son amarte” o “lograré conquistarte” o, “cada día que pasa más te amo” y desvaríos así. Al poco tiempo, esos
pequeños mensajes pasaron a ser algo más largos, pero era tal su fijación por mí, que paulatinamente hizo
que terminara enviándome mensajes más extensos y amorosos, incluso de varias páginas; cartas en las que
siempre terminaba diciéndome: “Soñar
contigo es mi obsesión”
¡En todos sus mensajes siempre terminaba
soñando conmigo!
Llegué a
agobiarme, ya no podía resistir más. Era
mucho tiempo soportando tanta tensión. Y es que, todo en esta vida tiene un límite y yo, ya no podía más. Hasta que llegó el momento en el que sentí tal desesperación, que no tuve más remedio que actuar. Así yo no podía seguir viviendo, tenía que poner fin a esta situación,
truncar sus sueños de amor, su persecución implacable a mi persona.
Una noche, en
mi biblioteca, después de leer su última carta, la doblé meticulosamente y la dejé sobre la mesita junto a la copa de brandy que había apurado hasta el final. Me levanté y me dirigí a la caja fuerte. El resplandor del fuego de la chimenea iluminaba
lo suficiente, así que no fue necesario encender la luz. Marqué la combinación y la abrí. Allí estaba, dormido de
muerte. Inmaculado. Jamás lo había usado. Su brillo de fuego, a causa del resplandor de las llamas de la chimenea, por segundos cegó mi
pensamiento. Respiré hondo y, como madre que saca a su hijo de la cuna, así lo saqué yo, entre mis manos. Estaba cargado. Lo amartillé, metí el cañón en
mi boca y lo apoyé en el paladar. Un segundo, dos, tres... Lentamente, como el que saborea un Martini contemplando un atardecer, apreté el gatillo.
En fin, entiendan que era la única forma de pellizcar a la muerte para que así, dejase de soñar conmigo.
(Relato basado
en:
“Pellízcale a la Muerte,
porque creo que conmigo
está
soñando.”
que publiqué en
2010 en el “Rincón” Opaca Lucidez)
Si me guías por el camino no tropezaré, pero guíame tú con tu dulzura. Si me abrazas, tendré tranquila el alma, pero abrázame tú. Si consuelas mis heridas, sanaré, pero que sea tu consuelo el que pare el brotar de mi sangre. Calma mi agonía, o moriremos los dos.
Perdón, ¿quién soy yo para pedirte todo esto? ¿Acaso bombardean mi casa?, ¿matan a mi gente?, ¿ violan a mi mujer o a mis hijas?, ¿destruyen y arrasan mi ciudad...?
Celebramos nuestro encuentro.
¡Tantos años sin vernos...!
Afuera,
las luces de las farolas
iluminaron las huellas
que fuimos dejando.
¿Es vereda, camino o senda, el surco que van dejando nuestras huellas?. En esta noche callada, ¿la realidad engaña a la
fantasía, o nuestro amor, que marchó entre cortinas de llanto y lágrimas ha vuelto para echar raíces o, para beber de las heridas?. La arboleda en
la que estamos, ¿nos ahogará con sus hojas secas, o las yemas olorosas de sus
ramas impregnarán nuestras sienes?. Dime, amor, ¿de qué color es la sonrisa
amarga de nuestro encuentro?